—Sube —dijo con suavidad.
Durante el trayecto, la ciudad pasó frente a ellos como un decorado ajeno. Luces, semáforos, gente riendo en las aceras… todo parecía pertenecer a otra realidad, una donde nadie gritaba nombres con rabia ni lanzaba golpes desde el dolor.
Alma apoyó la frente contra el vidrio.
Pensó en Gael.
En la forma en que la había mirado.
No con odio, sino con algo peor: una mezcla de desesperación y pérdida. Eso era lo que más le dolía. Porque sabía que, aunque él había sido quien