Capítulo 32.

La decisión estaba tomada. No podía quedarme encerrada en esta jaula dorada mientras el hombre al que amaba era tratado como una mercancía y vendido al mejor postor. La desesperación era un motor poderoso, y la esperanza, aunque tenue, era la estrella que guiaba mis acciones.

Con el corazón latiendo con fuerza en mi pecho, examiné una vez más la ventana de mi vestidor. La cerradura, gracias a la paciencia y la punta afilada de mi alfiler de pelo, había cedido con un leve clic que res
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