El calor en la habitación era asfixiante.
Y no solo por la fiebre que emanaba del cuerpo del príncipe Leonard. No solo por el encierro forzado entre paredes de piedra antigua que parecían haber absorbido la enfermedad como una esponja. Era un calor que nacía desde el pecho de Emma, un fuego extraño, ansioso, molesto… incomprensible.
Estaba sentada a su lado.
Tan cerca que podía oír el leve zumbido de su respiración débil, entrecortada, como si cada bocanada de aire fuera una batalla perdida. El