La noche se posó sobre Theros como una bestia de ojos abiertos.
Las antorchas encendidas en los pasillos proyectaban sombras inquietas sobre los muros, y los pasos de los guardias resonaban en un ritmo constante, como si quisieran convencer a los habitantes del palacio de que todo estaba bajo control.
Pero para Lady Violeta Lancaster, no había paz.
No esa noche.
En su alcoba, cuatro soldados se apostaban a las afueras. Dos doncellas habían sido asignadas exclusivamente para cuidarla, y las vent