El silencio del ala oeste del palacio era engañoso. Bajo sus mármoles pulidos y cortinas perfumadas, se escondían más secretos que en los oscuros pasillos del castillo viejo. Y esa tarde, cuando el Príncipe Leonard de Theros caminó por ellos, su paso era firme, pero su alma turbulenta.
Aún podía ver a Violeta con los labios pálidos, con el veneno casi apagando la luz de sus ojos. Aún sentía el nudo en la garganta cuando ella se apartó con frialdad y se dejó consolar por el maldito príncipe D’Ar