Violeta Lancaster caminaba por los pasillos del ala norte del palacio como si estuviera descalza sobre cristales. No porque no supiera a dónde iba, sino porque cada paso que daba la acercaba a una bestia que no devoraba con garras, sino con palabras y promesas rotas. El rostro de la reina madre Isolde, majestuoso y severo como una escultura, se mantenía fresco en su memoria desde la última vez que se enfrentaron. A pesar del calor del mediodía, las paredes del palacio parecían exhalar un frío q