La noche caía sobre los campos de Theros como una sábana oscura cargada de tensión. El aire era espeso, cargado de presagios, como si el mismísimo viento se negara a respirar por temor a lo que estaba por estallar. Desde la más alta torre del palacio, la Reina Madre observaba en silencio, sus ojos como brasas encendidas, fijos en la lejanía. No podía ver nada todavía, pero lo sentía… como una aguja clavada en el alma: la guerra había llegado a sus puertas.
—¿Han salido? —preguntó, sin apartar l