El sol no había alcanzado aún su punto más alto cuando una bruma espesa comenzó a descender sobre el palacio de Theros, envolviéndolo en un manto inquietante que no era propio de esa hora del día. Los sirvientes se movían en silencio por los pasillos, sus rostros marcados por el miedo. Desde la desaparición del príncipe Leonard, el ambiente en el reino se había vuelto cada vez más pesado, como si las paredes mismas contuvieran la respiración, esperando un estallido inminente.
La Reina Madre se