Emma dejó la taza sobre la mesa mientras observaba con atención a Leonard. Desde hacía días lo notaba inquieto, como si un presentimiento oscuro lo envolviera. Su ceño fruncido y la manera en que no podía dejar de mirar el viejo libro con la cubierta agrietada lo delataban.
—Leonard… —dijo finalmente, con suavidad—. Tienes que dejar de torturarte con ese libro.
—No lo entiendes, Emma —replicó él, sin mirarla—. Ese libro no solo cuenta lo que ya pasó… también ha comenzado a registrar cosas nueva