La noche cayó sin voz sobre el reino. En la alcoba iluminada por una sola vela, Emma despertó sobresaltada, con el corazón a mil, el pulso retumbando como tambores lejanos. Sudaba frío y su boca tenía sabor a desesperanza. Había soñado con un pasillo de piedra, antorchas oscilando al viento y una daga que brillaba con una intencionalidad mortal. Sintió el filo atravesarle la espalda y luego… silencio. Violeta había caído de rodillas sobre el mármol, susurrando su nombre. Pero en el sueño… no ha