El primer día sin el apellido Casteli pesando sobre sus hombros fue extraño, liberador y a la vez aterrador. Fernando se despertó en la cama estrecha de Valeria, con el sol de enero filtrándose por la persiana medio rota del apartamento en Chamberí. Ella dormía acurrucada contra su pecho, el cabello castaño extendido sobre la almohada, la respiración suave rozando su piel.
Él la observó un rato largo. Por primera vez en meses, no sintió rabia al abrir los ojos. Sintió paz. Sintió amor.
Se inclin