El precio del poder
Tres semanas después del alta hospitalaria, Fernando caminaba casi sin cojera. La fractura se sellaba bien, la inflamación medular había remitido por completo y la fuerza en ambas piernas volvía a ser la de antes del “accidente”. Las sesiones con Valeria eran ahora puro mantenimiento: estiramientos, fortalecimiento fino, algo de cardio en la cinta del gimnasio privado que habían instalado en el nuevo piso que compartían en Salamanca —un ático modesto pero luminoso que compraron con los ahorros d