Cuando lo vi llegar esa tarde, supe que algo importante había ocurrido. Fernando cerró la puerta con más firmeza de la habitual, colgó su chaqueta en el perchero como si colgara el peso de mil generaciones. Caminaba con el bastón, sí, pero más erguido que nunca. Había en su mirada un brillo distinto: determinación, cansancio… y algo que solo podría describir como una furia contenida.
Me acerqué despacio, dejando el libro sobre la mesa. Era uno de esos libros de jardinería que había estado leyen