El aire en mi habitación era más espeso que nunca. Como si cada molécula supiera lo que estaba a punto de ocurrir. El silencio pesaba. La tensión, incluso antes de que entraran, ya me tenía el estómago revuelto.
Mi abogado, Gustavo Molina, estaba junto a mí, de pie, con sus papeles organizados, el rostro severo pero sereno. Yo estaba en mi silla, con las manos apoyadas sobre los reposabrazos, las piernas inmóviles, pero el corazón latiendo como si fuera a salir disparado.
La puerta se abrió pun