Caminar con esos malditos tacones era una tortura. El sendero empedrado crujía bajo mis pasos inciertos mientras el viento de la noche me calaba hasta los huesos. El vestido de gasa no me protegía de nada. Sentía el frío como cuchillas, pero ni eso me detenía. El que me había comprado, Fyodor, me llevaba tomada del brazo, firme, sin brusquedad, pero con una urgencia que no dejaba espacio a dudas.
—Debemos darnos prisa —dijo en voz baja, sin mirarme—. No es seguro quedarnos aquí más tiempo.
¿Qu