A veces uno se prepara para enfrentar a sus enemigos más crueles, para desafiar al poder, al consejo, al peligro, incluso a la muerte. Pero nunca se prepara para ver apagarse la luz de la mujer que ama.
Después de aquella noche en el restaurante, Ludovica dejó de ser la misma. No me lo dijo con palabras. Ni siquiera necesitó hacerlo. Su silencio lo gritaba todo. Esa mirada ausente, ese andar lento, la forma en que se encerraba en nuestra habitación, como si ahí pudiera resguardarse de algo que