La cena había alcanzado ese punto donde el murmullo general se vuelve un zumbido de fondo, mientras las conversaciones más serias y privadas comienzan a surgir entre copa y copa de vino. A mi derecha, Gabriele se había girado levemente hacia uno de los miembros del consejo, un hombre mayor de semblante adusto, de esos que miran como si calcularan la lealtad de cada palabra que uno pronuncia. Empezaron a hablar en voz baja, pero yo, tan cerca, podía captar algunas frases sueltas.
—La frontera su