El mundo era un borrón entre sombras y ramas que me arañaban la piel como si intentaran retenerme. Fyodor me sostenía con fuerza, arrastrándome por el sendero estrecho, casi invisible, entre la vegetación húmeda. Sentía las piedras clavarse en mis pies descalzos, los tobillos al borde de torcerse, el corazón latiendo a un ritmo tan feroz que me nublaba la vista. Pero no podía detenerme. No ahora. No cuando aún no sabía si Gabriele estaba vivo.
—¿Dónde está Gabriele? —pregunté otra vez, jadeando