La casa olía a pan tostado, a crema de almendras y al suave perfume floral que Teresa insistía en rociar cada mañana en las cortinas del pasillo. Me gustaba despertar con esos aromas. Me hacían sentir segura, anclada, como si el mundo allá afuera no pudiera alcanzarme. Como si todo lo vivido semanas atrás —la oscuridad, el encierro, el miedo— hubiese quedado definitivamente atrás.
Habíamos vuelto. No a una normalidad cualquiera, pero sí a una rutina nueva, más tranquila, más dulce. La casa habí