La imagen de la ecografía aún retumbaba en mi cabeza como una melodía que no podía dejar de escuchar. Ese pequeño latido, tan rápido, tan fuerte, tan indiscutiblemente vivo… era nuestro. Nuestro hijo. Nuestra hija. Nuestro pedazo de eternidad.
No había nada más que pudiera compararse a esa sensación. Ni el poder, ni la victoria, ni siquiera el sabor de la venganza que tantas veces había perseguido. Nada era igual a ver a Ludovica con las mejillas húmedas por la emoción, con la mano sobre el vie