El sueño me había devuelto algo de fuerzas, pero era como si el cuerpo apenas comenzara a comprender que estaba vivo. Cada músculo dolía. Cada respiración era una mezcla de alivio y carga. Pero ahí, en medio de todo eso, estaba ella. Ludovica. Su presencia me envolvía como un escudo, y su amor era lo único que mantenía a raya la oscuridad que aún me rozaba por los bordes del alma.
Cuando abrió los ojos y me encontró mirándola, le sonreí apenas. No necesitaba decir nada. Ella lo entendía todo.
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