Los días en Bled se deslizaban con una serenidad que parecía ajena al mundo que habíamos dejado atrás. Aquí el aire olía a tierra húmeda, a hojas recién caídas, a pinos que se alzaban silenciosos sobre las montañas como centinelas de nuestra tregua. A veces, al abrir las ventanas de la casa donde nos refugiábamos, podía olvidar por un instante lo que habíamos vivido. Lo que habíamos perdido. Lo que aún estaba por resolverse.
Gerónimo ya estaba casi completamente recuperado. Nunca lo hirieron de