Esa semana había sido agotadora. Desde que Vida le mencionó a Long que debía ausentarse por varios días, él la cargó de trabajo como compensación. Era injusto, pero ella no se quejó. Sabía que debía mantenerlo contento; después de todo, esa vida laboral era lo único que conocía, lo único que le quedaba lejos de Silas. Así que dedicó sus días a cumplir cada encargo con precisión, mientras Milah se encargaba de preparar lo esencial para el viaje.
—Unas brujas nos llevarán directamente hasta un pueblo en Nicaragua, cerca de la reserva —explicó Milah, mostrándole un mapa lleno de símbolos arcanos—. Así evitamos cruzar fronteras y papeleo. Será un viaje en un abrir y cerrar de ojos. Al regreso, si salimos con vida, ellas mismas nos traerán de vuelta.
Vida asintió, frunciendo los labios.
—Bien, me parece excelente. Y llegando al pueblo, tendremos que… oh, claro, tú no puedes volar. Tendremos que movernos como humanas.
Milah sonrió con picardía.
—No necesariamente. Las brujas dicen que si