El cansancio los obligó a detenerse. Habían caminado durante horas, entre raíces retorcidas y barro que se pegaba como plomo a sus botas, hasta que la selva los forzó a aceptar sus límites.
Eligieron un claro estrecho, apenas un espacio donde la vegetación se abría lo suficiente para tenderse en el suelo. No tenían más que sus mochilas, un par de mantas delgadas y la voluntad de resistir. El bosque los rodeaba como un muro viviente, oscuro y expectante.
El calor era insoportable. El aire no cor