—¡Mami, no! —el grito desgarró el aire como un cuchillo invisible.
Una niña, vestida con harapos rasgados y cubiertos de polvo, lloraba en medio de la calle. Sus rodillas raspadas se hundían en el asfalto ardiente mientras sacudía con desesperación el cuerpo inmóvil de una mujer. La madre yacía tendida, con los labios amoratados, la mirada perdida y la piel aún húmeda de sudor. La sobredosis le había arrancado la vida sin compasión.
Vida se paralizó. Sus ojos se abrieron desmesurados al contemp