La bruja dejó de observar. Cerró su espejo con un suave movimiento y caminó hasta su cama. Se recostó en posición fetal, abrazando una almohada mientras las lágrimas le corrían por el rostro. Era fuerte, magnífica y brillante, pero también se permitía sentir. No se privaba de nada, ni siquiera de los sentimientos más dolorosos. Por eso, en la soledad de su hermosa cabaña —que por fuera podía parecer fría y solitaria— se dejaba ser frágil. En realidad, aquel lugar estaba lleno de amor, un amor p