Cuando la mañana abrazó al día, los lobos ya habían dejado atrás sus pieles salvajes y se encontraban convertidos en humanos. La mayoría se alistaba para marcharse, pues a eso de las ocho, todos debían cumplir con sus obligaciones y trabajos.
—Si lo deseas, puedes ir a descansar. Vas a trabajar por la tarde —dijo el alfa con serenidad.
La humana no quería parecer que se aprovechaba de aquel vínculo ambiguo —amante, lo que fuera que significara—, pero la verdad es que se sentía agotada, desvelad