El pasillo parecía no tener fin. Las paredes, negras y palpitantes, respiraban como si estuvieran vivas. A cada paso, un murmullo se levantaba, primero suave, luego ensordecedor:
—Vida… Vida…
Su nombre se repetía en cientos de voces, transformándose en un coro que arañaba su mente. El aire olía a ceniza y hierro, como si fuego y sangre hubieran marcado aquellas paredes desde siempre.
De pronto, al final del corredor, surgió una silueta femenina: cabello largo, oscuro, vestido blanco. No necesit