El día había sido largo, agotador, y cuando por fin llegaron al hotel donde se hospedarían, el aire frío del lobby los envolvió como un recordatorio de que estaban muy lejos de casa. El recibimiento fue impecable, con una cortesía tan pulida que rozaba lo excesivo. Para sorpresa de Kaelion, la mujer que los atendió habló un mandarín perfecto, con una cadencia y una naturalidad que despertaron en él un eco inesperado.
Estar en China removía algo profundo en sus entrañas. Le recordaba, inevitable