La lluvia había cesado hacía apenas una hora, pero las calles de Lianbei seguían respirando humedad. Los faroles proyectaban destellos amarillentos sobre el pavimento mojado, y cada charco era un espejo en el que la ciudad se miraba, multiplicando su oscuridad. Vida conducía con la mirada fija en la carretera, los dedos tensos sobre el volante. A su lado, Milah observaba el reflejo de los edificios en las ventanillas, como si esperara que en cualquiera de esas sombras apareciera el rostro del d