La noche se hizo interminable para Ariadna. El amuleto cubierto de ceniza seguía sobre su cama, como una burla silenciosa. Intentó dormir, pero cada vez que cerraba los ojos veía el fuego extraño en la plaza, los caballos desbocados, los murmullos del pueblo acusando a Elian. Y, peor aún, escuchaba dentro de su mente esa frase repetida con insistencia: “Las cenizas siempre vuelven a encenderse.”
Al amanecer, tomó el amuleto con manos temblorosas. El metal estaba frío, inerte, como si toda su en