El amanecer llegó, pero no con alivio. El pueblo estaba en silencio, como si todos contaran los segundos antes de abrir las puertas. Cuando por fin lo hicieron, el rumor corrió como un rayo: alguien no había despertado.
Ariadna escuchó el grito desde la posada y salió corriendo hacia la plaza, con Elian a su lado. Frente a la casa de don Julián, el panadero, la multitud se apretaba. Clara la sujetó del brazo, con el rostro desencajado.
—Es su hijo menor… —susurró, temblando—. No está.
Ariadna s