La posada estaba en silencio. Afuera, el pueblo entero se había encerrado temprano, como si bajar las cortinas pudiera detener al contador. Ariadna permanecía sentada junto a la mesa, con las manos apretadas contra el libro cerrado. Temía abrirlo, temía lo que pudiera decir, pero más temía el silencio: esa espera interminable de algo que sabía que vendría.
Elian entró en la habitación sin hacer ruido. Llevaba la camisa arrugada, el cabello revuelto y la cadena descansando en su hombro como un r