El amanecer llegó pesado, como si la noche se resistiera a morir. Ariadna apenas podía mantenerse en pie; la luz que había liberado la dejó exhausta, como si cada sombra destruida se hubiera alimentado de su propia fuerza. Elian no se apartó de su lado en toda la madrugada, sentado junto a su cama, vigilando las ventanas con la cadena aún manchada de ceniza.
Cuando por fin intentó incorporarse, el libro ya estaba abierto sobre la mesa. Sus páginas, inmóviles, mostraban una única frase escrita e