La clínica privada se llamaba "Centro Médico La Arboleda". Sonaba pacífico, casi bucólico. Un nombre que inspiraba confianza, lejos del bullicio del hospital central. Según el registro que había encontrado, la Fundación Kvarner les había transferido una suma que equivalía al presupuesto trimestral de todo mi antiguo departamento de Calidad. No era un pago por servicios médicos. Era demasiado grande, demasiado aislado. Era, como había anotado en mi informe preliminar, un "pago de contingencia".