La mansión estaba más silenciosa que de costumbre.
No era por miedo.
Era por respeto.
Desde la llegada de Lara, todos parecían moverse más despacio, con más cuidado. Como si una presencia frágil, pequeña pero poderosa, hubiese roto las capas más duras del lugar.
La niña ocupaba una habitación al lado de la de Isabella. Con juguetes nuevos, libros, peluches y una ventana grande con vista a los jardines.
Pero no dormía con ellos.
Todas las noches, Lara salía de puntillas y se recostaba en el sof