El avión privado despegó al amanecer.
Isabella no llevó guardaespaldas. Solo a Matteo y a Francesca. No por debilidad, sino porque sabía que la discreción era su mejor escudo. Contrada del Lupo no era un lugar para entrar con ruido. Era tierra de silencios, de caminos ocultos entre montañas y costas donde los muertos no tienen nombre.
Durante el vuelo, no habló casi nada. Observaba por la ventanilla las nubes densas, el cielo roto por la luz. Como si el mundo supiera que estaba viajando hac