Alan Lombardi
Llegué al apartamento con el peso de mil mentiras presionando mis sienes. Al cruzar el umbral, el aroma a romero y vino tinto me golpeó de frente, una fragancia que en cualquier otra circunstancia habría interpretado como una invitación al refugio, al hogar. Pero hoy, ese aroma era el preludio de una ejecución.
Sabía, por el micrófono que aún zumbaba silenciosamente en mi teléfono, que Mía había pasado las últimas dos horas moviéndose por la cocina con una precisión mecánica, tr