Mía Lombardi
La luz de la mañana en Nueva York se filtraba a través de los ventanales del penthouse, bañando la habitación en un tono dorado que, por un momento, me hizo creer que la paz era posible. Me desperté sintiendo el peso reconfortante del brazo de Alan rodeando mi cintura. Me quedé inmóvil, escuchando su respiración acompasada, disfrutando de ese pequeño oasis de calma antes de que el mundo exterior reclamara su cuota de caos.
Hoy era el día. El plazo de veinticuatro horas que le hab