Mía
El aire en el despacho todavía estaba cargado con el rastro de nosotros. Podía sentir el calor en mis mejillas y la humedad de los besos de Alan en mi cuello, pero en cuanto la puerta se cerró tras él, esa burbuja de seguridad que habíamos construido sobre el escritorio de caoba estalló como si fuera de cristal barato.
Me quedé inmóvil, de pie, con las manos apoyadas en la madera fría, tratando de recuperar el ritmo de mi respiración.
Alan acababa de salir bajo la excusa de una emergenci