Mía Lombardi
La noche había caído sobre Nueva York, y con ella, una sensación de irrealidad que me envolvía como una segunda piel. Después de que Sofía me dejara en la entrada del edificio, el trayecto en el ascensor hacia el penthouse se sintió eterno. En mi bolso, guardada como si fuera el tesoro más frágil del mundo, estaba la prueba de embarazo. Mis manos no dejaban de temblar y sentía un hormigueo constante en la boca del estómago que no tenía nada que ver con las náuseas y todo que ver c