Alan Lombardi
El reloj de pared en mi despacho personal marcaba las tres de la mañana, pero el concepto del tiempo se había vuelto irrelevante. En el mundo de los Lombardi, las guerras no se ganan en el campo de batalla, sino en las horas silenciosas donde el enemigo cree que ya ha vencido.
Mía estaba dormida en el sofá de la biblioteca, envuelta en una manta de cachemir, con el rostro todavía marcado por el rastro de las lágrimas y el agotamiento de la confesión.
Verla así, vulnerable y fin