Mía Lombardi
El cielo de Nueva York se había teñido de un gris plomizo, como si la ciudad misma guardara un luto silencioso por las tragedias que ocurren tras las puertas de sus mansiones de cristal. El viento soplaba con una fuerza gélida en el cementerio de Westchester, agitando los bordes de mi abrigo negro. El silencio solo era interrumpido por el sonido rítmico de la tierra golpeando la madera del ataúd de .
cada palada de tierra se sentía como un clavo cerrando una puerta en mi pecho. A