Mía Lombardi
Habían pasado cinco meses desde que el estruendo de los disparos en la mansión Miller fue reemplazado por el silencio de la reconstrucción. Mi vida con Alan se había convertido en un refugio de paz que, a veces, todavía me costaba procesar. Vivíamos en una rutina de complicidad, de cenas tranquilas y de planes para un futuro que ya no sentía como una amenaza. Sin embargo, en las últimas dos semanas, algo en mi cuerpo había empezado a susurrar un lenguaje que yo no lograba descifra