Alan Lombardi
En el momento en que la pantalla de mi teléfono se fue a negro después de ver el rostro ensangrentado de Mía, sentí que algo dentro de mi pecho se fracturaba de forma permanente. No era solo rabia; era una oscuridad antigua, una fuerza destructiva que había intentado mantener a raya desde que conocí a Mía, pero que ahora reclamaba su lugar. Mi mano temblaba con una intensidad violenta mientras arrojaba el dispositivo sobre el asiento del copiloto.
—¡Acelera, maldita sea! —le gri