Cuando llegamos a la casa, el silencio dentro del carro era tan denso que podía sentirlo aplastándome el pecho. Daniel manejaba rígido, con los nudillos blancos en el volante, mientras yo mantenía a la niña pegada a mí, como si él pudiera arrebatármela en cualquier momento.
Mi mente era un torbellino sin salida. Cada imagen se repetía una y otra vez: Manuel entrando sin mirarme, Lorenzo bufando como si todo fuera un chiste, mi suegra confundiendo nombres, Daniel sin poder sostenerme la mirada…
Todo se mezclaba con la única pregunta que martillaba dentro de mi cabeza: ¿quién diablos era yo para ellos?
El auto se detuvo frente a la casa.
—Déjame bajarte —dijo él, con voz suave, casi rota.
—No. —Apreté más fuerte a la niña—. Abre la puerta y ya.
Daniel tragó duro, bajó primero y vino a mi lado. El aire frío chocó contra mi piel en cuanto salí. Él extendió la mano hacia la bebé, como si esperara que se la entregara otra vez, pero yo giré el cuerpo, protegiéndola.
—Elena… —susurró.
—No dig