Cuando llegamos a la casa, el silencio dentro del carro era tan denso que podía sentirlo aplastándome el pecho. Daniel manejaba rígido, con los nudillos blancos en el volante, mientras yo mantenía a la niña pegada a mí, como si él pudiera arrebatármela en cualquier momento.
Mi mente era un torbellino sin salida. Cada imagen se repetía una y otra vez: Manuel entrando sin mirarme, Lorenzo bufando como si todo fuera un chiste, mi suegra confundiendo nombres, Daniel sin poder sostenerme la mirada…