Cuando llegue a la habitación del cuarto de mi madre, me sentía como si había tomado un taxi mi cuerpo estaba tan cansado que parecía hecho de piedras. Pero mi mente… mi mente corría como un incendio sin control, quemándolo todo.
Mi mamá me recibió antes incluso de que tocara la puerta.
Había escuchado parte de la discusión
Me vio con la niña en brazos, con el rostro tenso, con los ojos enrojecidos… y aun así, no preguntó nada. No dijo ni una palabra.
Solo abrió los brazos y yo se los entregué a la pequeña casi sin poder respirar.
—Ven, hija —me dijo en voz baja, sin juzgar, sin apurar, sin querer arrancar una explicación que yo no podía dar todavía.
La niña, ajena a todo, jugueteaba con el cuello de su camisa.
Yo la miraba y sentía un nudo enorme en la garganta.
Mi mamá me acomodó en la orilla de la cama y se sentó a mi lado.
Seguía sin preguntar.
Ese silencio… Dios mío. Ese silencio fue lo que casi me rompe.
—¿Quieres cambiarte la ropa? —preguntó finalmente, suave.
—No —susurré—. Es