No recuerdo cómo bajé las escaleras del edificio. No recuerdo si grité, si lloré, si alguien me intentó detener. Solo sé que corrí como si mi vida dependiera de ello, como si todo mi pecho fuera una caja vacía y rota que hacía eco con cada latido.
Tomé el primer taxi que pasó, abrí la puerta de golpe y me metí sin pensar.
—A la guardería Pequeños Pinceles —dije ahogada—. Por favor, rápido… lo más rápido posible.
El taxista me miró por el retrovisor, quizá notó mis ojos rojos, mis manos tembland