Había pasado una semana desde la muerte de la bebé y desde la última vez que supe de Lorenzo.
El silencio entre nosotros era como un abismo que crecía cada día más.
Ningún mensaje. Ninguna llamada. Nada.
Ni siquiera un “¿cómo estás?”.
Yo lo entendía.
Había bebido demasiado aquella noche, había dicho cosas que aún me retumbaban en la cabeza, pero… ¿era tan fácil borrarme así?
¿Después de todo?
Había pasado toda la madrugada atendiendo una urgencia cardiológica. A las siete de la mañana, mis pier