La noche había sido larga, demasiado.
Las guardias en el hospital parecían eternas últimamente, y aunque el pasillo estaba silencioso, ese silencio pesaba más que cualquier ruido. Tenía una taza de café frío en la mano, los ojos irritados por el cansancio, y una carpeta con los informes de la UCI neonatal.
A las tres y media de la madrugada, el aire olía a desinfectante y a tristeza contenida.
—Doctora, ¿va a subir a ver a la niña del caso Rivas? —me preguntó la enfermera al pasar.
Asentí. No n